EL TRABAJO EN EL MOLINO
El reflejo en la literatura y en la cultura popular del oficio de molinero es una consecuencia de su importancia en la sociedad rural durante muchos siglos. Los conocimientos de molinería, normalmente, se transmitían de padres a hijos. Familias enteras se han dedicado por espacio de generaciones a trabajar en los molinos de la ribera del Tajuña, en algunos casos permaneciendo en un mismo molino durante toda su vida laboral o cambiando a otro en función de las ofertas laborales. Otra forma de acceder al oficio consistía en comenzar como aprendices con un buen maestro molinero. Mientras realizaba las labores más sencillas, el aprendiz conocía y empezaba a dominar los secretos de la molinería y las tareas más delicadas como el repicado de las piedras.
Con el oficio aprendido, bien por tradición familiar o por los años de trabajo como ayudante, el molinero podía optar por buscar trabajo en los molinos existentes en su comarca o, lo más frecuente, por el arrendamiento de uno de ellos.
En este caso alquilaban a sus propietarios los edificios del molino, generalmente dotados también de vivienda para la familia del molinero e incluso con un huerto para cultivar los productos de consumo familiar y cuadras y gallineros para los animales de labor y otros animales domésticos. El pago, en especie o en metálico, era abonado anualmente, normalmente en dos partes, en fechas ya prefijadas en las condiciones del arrendamiento. De lo ya escrito se deduce que el oficio de molinero esta asociado a la figura del hombre. La mujer del molinero sólo en casos excepcionales realizaba el trabajo de este y, desde luego, nunca los trabajos de acarreo y repicado.
El molinero comenzaba su trabajo con la limpieza del trigo u cualquier otro cereal destinado a la molienda y secándolo al sol, si era necesario, antes de llevarlo a la sala de molienda. En el caso más frecuente de que el grano perteneciera a un cliente del molino, previamente a la molienda se hacia la maquila, es decir, se apartaba la parte correspondiente al molinero en pago a su trabajo. Este pago en especie se hacia siempre con las medidas tradicionales de la fanega, la cuartilla y el celemín, indispensables en un molino, y oscilaba, en función del precio del grano, las épocas y las características del molino entre el 4 y el 8% de la cantidad que se molía.
Tras verter el cereal en la tolva, este desciende por la canaleta, regulada por el molinero para controlar la cantidad, hacia el ojo de la piedra moledera o volandera. De la habilidad y oficio del molinero dependía obtener una molienda de mayor o menor calidad con su manejo del alivio,su destreza en fijar la distancia de las piedras y en mantener estas en buen estado con los trabajos de repicado.
Una vez introducido el trigo entre las piedras molederas, protegidas por el guardapolvo para evitar su derrame, las incisiones practicadas en la superior dirigían el trigo molturado hacia la salida y al harnal o directamente a un saco o costal
La labor de repicado se iniciaba levantando la volandera con la cabria y consistía en voltear esta piedra y colocarla sobre un banco de madera. Con las herramientas adecuadas, picos de punta y piquetas, se reparaban las estrías, dándoles la forma, la profundidad y la dirección adecuada para mejorar el corte y la molturación. Este trabajo, una de las claves del buen hacer de un molinero, que había que realizar regularmente en función de la carga del trabajo del molino, podía suponer al menos tres horas de labor para dejar en perfecto estado ambas piedras.
Al margen del trabajo fundamental de reparación y mantenimiento de todas las piezas y componentes del molino harinero, su responsable también debía de hacerse cargo de la limpieza de las acequias del mismo para facilitar el máximo aprovechamiento del caudal de agua, no siempre abundante en todas las épocas del año.
Los arrieros
El hecho de que no todas las villas y lugares contaran con molinos harineros y la propia situación de estos, en parajes alejados del caserío junto a la ribera del río, obligaba a un continuo acarreo del trigo y otros cereales desde los lugares de producción o almacenamiento hasta el molino para su molturación. Los carros, tirados por un par de caballerías o más, eran habituales en los caminos que comunicaban los molinos con la población e incluso un verdadero oficio para aquellos que transportaban su carga de una población a otra, bien para llevar el grano al molino o, ya molturado, con la harina a su punto de venta, de almacenaje o de consumo.
Este modo de vida tradicional, que se mantuvo con las modificaciones propias de los tiempos durante cientos de años, sufrió un golpe brusco con la aparición de las fábricas de harina, la emigración rural y los cambios en la agricultura. Tras perder la capacidad de competir en la molturación de trigo para fabricar harina, los molinos lograron mantenerse unos años gracias a su dedicación a la molturación de granos para piensos, pero la pérdida de este recurso de supervivencia provocó su abandono definitivo, y en algunos casos la ruina y su desaparición física, a partir de los años sesenta.