LOS MOLINOS DEL TAJUÑA
Desde su nacimiento en las parameras de Maranchón,el Tajuña ha regalado la fuerza de sus aguas a un sin fin de artefactos hidráulicos. Molinos harineros, batanes, norias, aceñas y centrales eléctricas jalonaron el cauce del río en sus 116 kilómetros de recorrido por tierras de Guadalajara y Madrid hasta su desembocadura en el Jarama.
A falta de documentos escritos, no resulta aventurado afirmar que ya con los romanos, y sobre todo con la dominación musulmana, los molinos comenzaron a mover sus piedras con las aguas del Tajuña. La toponimia y algunos restos demuestran, por ejemplo, que en Morata hubo en tiempos una aceña o molino de rueda vertical, ya desaparecida, en la presa del mismo nombre.
Más adelante, a partir de la conquista de estas tierras en el siglo XI por los cristianos, sí que aparecen ya documentos que reflejan la existencia de molinos en toda la ribera del Tajuña.
Así, en el año 1240, según recoge Diego de Colmenares en su Historia de la insigne ciudad de Segovia Don Sancho arcediano de Sepúlveda fundó en veinte y ocho de diciembre dos capellanías: una de San Nicolás y otra de Santa Catalina sobre unas casas en Morata y ocho molinos en Tajuña.
En 1268 es Don Sancho, arzobispo de Toledo, quien en sus ordenanzas para la villa de Alcalá y su Tierra señala que mandamos que los molinos de Fenares, que son en término de Alcalá que maquilen del cafiz una fanega; e de los molinos del Tajuña que son en término de Alcalá que maquilen a diez e seis[celemines].
Unos años después, en 1277, Andrés Marcos Burriel recoge en sus Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, como en la división entre los términos de Madrid y Segovia aparece reseñado que el octavo mojón cerca la carrera que está de Palomero a los molinos del Conde, que son en Tajuña.
En años posteriores, la documentación es más abundante y las Relaciones de Felipe II son buena prueba de ello cuando recogen la existencia de estos ingenios hidráulicos en localidades alcarreñas como Anguita, Brihuega, Romanones, Armuña de Tajuña, Valfermoso o Mondéjar.
Estas Relaciones también se refieren al recorrido del río Tajuña por lo que hoy es la Comunidad de Madrid y ya desde Ambite, la primera localidad que encuentra en su camino hacia el Jarama en Titulcia, sorprende la abundancia de molinos y batanes en su cauce.
Sigamos lo que nos indican las Relaciones Topográficas de Felipe II en el siglo XVI sobre los pueblos ahora madrileños de la ribera del Tajuña y sus contestaciones a la pregunta respecto a la existencia de molinos y batanes en sus términos:
Ambite: molinos de Querencia, el Fraile, La Puente y Magedo.
Orusco: molino harinero y el batán de la Aceña Real.
Carabaña: molinos de María Amor y la compañía de Jesús, molino perteneciente al concejo de Campo Real, molino del concejo de Pozuelo de Belmonte y molino del concejo de Valdaracete.
Perales. Molino de La Torrecilla, molino de la Aldegüela y molino de La Pangia.
Morata: dos molinos
En Tielmes, Titulcia y Chinchón no aparecen reflejados datos relativos a molinos o batanes en el siglo XVI, lo que no significa que no existieran.
En el documento histórico de las Relaciones Topográficas de Felipe II, no sólo aparecen reseñados los molinos y batanes que se levantan a las orillas del Tajuña. En las relaciones correspondientes a otras villas y lugares, más o menos lejanas del cauce del río, también se indica como estas poblaciones se veían obligadas a acudir a los molinos del Tajuña para realizar la molienda de sus granos, fundamental en la economía rural del siglo XVI. Es el caso de municipios como Villalvilla o Fuenlabrada cuyos arrieros transportaban el grano de este pueblo hasta el molino de Morata.
Más cercano en el tiempo, en el siglo XIX, el geógrafo Madoz hace una relación exhaustiva de los molinos y batanes situados en estas localidades ribereñas del Tajuña:
Ambite: un batán y un molino
Orusco: un molino
Carabaña: dos batanes y dos molinos
Tielmes: dos molinos
Perales: varios molinos harineros
Morata: dos molinos harineros y un batán
Chinchón: cinco molinos harineros y un batán.
Declive de los molinos harineros del Tajuña
La función de los molinos de la ribera del Tajuña como parte fundamental de la economía de los municipios que atraviesa el río mantuvo su importancia prácticamente hasta los años sesenta. Hasta estos años, cuando comienzan a proliferar los molinos eléctricos, el molino hidráulico mantiene su función en la cadena productiva del cereal en todas las comarcas que riega el Tajuña. Además, en torno al molino se genera, hasta su declive definitivo, toda una cultura con familias enteras especializadas en el oficio de molinero cuyos miembros, en algunos casos, ejercieron su oficio en más de un pueblo de la ribera. Así, no era infrecuente que estos molineros, apoyados en su experiencia y en su buen oficio, buscaran mejorar sus condiciones de trabajo desplazándose de un molino a otro, en algunos casos siguiendo, curiosamente, el curso del propio río, en una trayectoria que podía comenzar en un molino de Mondéjar, continuar en el molino del Congosto de Perales y en el molino Hundido de Morata para culminar en el molino de Angulo.
Propiedad y gestión de los molinos del Tajuña
La gestión de los molinos del Tajuña ha estado condicionada por el régimen de propiedad de los propios molinos. El carácter de instalación imprescindible en la vida de una comunidad rural y su entorno como proveedor de la harina, base primordial de la alimentación hasta épocas no tan lejanas, determinó que la construcción de los molinos respondiera en determinados casos a la iniciativa del propio concejo, que asumía los gastos de construcción, para así garantizar el suministro. A este régimen de propiedad, hay que sumar los molinos de iniciativa privada, bien de los titulares de los distintos señoríos de las villas y lugares o bien de las órdenes religiosas asentadas en los mismos. En ambos casos, tanto las familias nobles como las órdenes religiosas o las capellanías propiedad de la iglesia y las parroquias no hacían sino completar un ciclo productivo que se iniciaba en sus posesiones de fincas de labor y que finalizaba con la molturación de los granos en sus propios molinos.
Tampoco resultaba extraño que este régimen de propiedad, institucional o privado, diera origen a fórmulas mixtas, es decir, la propiedad del molino era compartida en determinados casos por el concejo y por particulares, tanto órdenes religiosas como titulares de señorío. Es el caso de uno de los molinos de Morata que aparecen en el Catastro de Ensenada y que según consta en los apuntamientos “en el tiene cinco parte de ocho don Claudio Sanz y Torres canónigo de la santa iglesia de Osma. Dos partes don Antonio Camargo y Benavides, caballero de la Calatrava, vecino de la villa y la otra parte el concejo de ella. Está arrendado en sesenta fanegas de trigo al año y al precio regulado equivale a mil ciento cuarenta reales que es el precio que a costa de frecuencia ha tenido en años.
Esta situación del régimen de propiedad de los molinos sufre un cambio muy importante en el siglo XIX con los procesos de desamortización que afectan no sólo a los molinos propiedad de la iglesia sino a los de titularidad de los concejos o ayuntamientos. Se produce así un desplazamiento en la propiedad, mediante el que acceden a la misma representantes de la burguesía con el suficiente poder económico para acudir a los procesos desamortizadores, aunque en determinados casos, la falta de postores o el mal estado de los molinos, provocó directa o indirectamente el abandono definitivo y la ruina de los menos rentables, mientras que el resto sufrían modificaciones y modernizaciones para hacer frente a las nuevas necesidades.
En cualquier caso, fueran de propiedad concejil o privada, los molinos del Tajuña comparten en prácticamente la totalidad de los casos la existencia de un molinero arrendatario que se hace cargo de la gestión y funcionamiento del molino a cambio del pago de una cantidad, en especie o en metálico, para el propietario del mismo.
No faltan documentos que reflejan las condiciones de estos arrendamientos. Por ejemplo, el contrato de arrendamiento firmado entre el marqués de Espinardo, vecino de Morata, como propietario del molino del Congosto, en término de Perales, con Juan de Santander y Francisco de la Cruz, vecinos también de Morata, que se hacen cargo del mismo por un periodo de ocho años. En un contrato, conservado en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, se señala que “Otorgamos y conocemos por esta carta que arrendamos y rezibimos en rrenta y en arrendamiento de S.S» el Señor marqués de Espinardo, el molino harinero que tiene suyo propio en la ribera del río Tajuñia término y jurisdicción de la billa de Perales el cual arrendamos por tiempo y espacio de ocho años cumplidos e primeros siguientes. Los cuales han de comenzar a correr y contarse desde hoy onze de marzo de [mil] seiscientos y cuarenta y cinco. Y por precio y cuantía de cada un año de seiscientos y sesenta reales (...).
En otro documento, este correspondiente al siglo XVIII, y que consta en los apuntamientos del Catastro de Ensenada de la villa de Morata se refleja la existencia de “un molino harinero distante de la población como seiscientos pasos donde llaman la huerta de la Vega en el río Tajuña con tres muelas cubiertas, presa, ladrones y demás pertrechos necesarios, propio del señor de la Villa arrendado en cada un año en ochenta y siete fanegas de trigo que al precio regulado corresponde a mil seiscientos cincuenta y tres reales que es el precio que a costa de frecuencia ha tenido siempre”.
Para hacer frente al pago de este alquiler, fijado por los propietarios de los molinos, los molineros cobraban por su trabajo a los usuarios del molino la denominada maquila, pago en especie, consistente en una parte del grano molido. Este sistema de explotación del molino y pago de la molienda se mantuvo por un prolongado espacio de tiempo hasta que ya en el siglo XX se generalizaron los pagos en metálico.